Cuando una persona LGBTIQA* vive con depresión, no solo carga con lo que le pasa por dentro, también con lo que el entorno espera, exige o silencia.
A veces no decimos “anímate”, decimos cosas más sutiles: pedimos que no moleste, que no se exponga, que no complique. Y eso también duele. Pedir silencio no es neutral, para muchas personas LGBTIQA*, callar implica volver al armario, vigilar cada gesto y medir cada palabra, ese esfuerzo constante también afecta a la salud mental.
Cuando alguien tiene depresión y además siente que debe esconder quién es, el problema no es su identidad, el problema es un entorno que no ofrece seguridad para existir.
Acompañar no es minimizar ni proteger desde el miedo, es escuchar sin cuestionar, es no pedir explicaciones, es no añadir vergüenza, culpa o urgencia a un proceso que ya es difícil. La depresión no se vive en el vacío, también se construye en contextos que excluyen.
Cuidar la salud mental LGBTIQA* empieza por revisar cómo acompañamos.



