Contra el odio no se compite, se le erradica

En el ámbito deportivo, la LGBTIQAfobia no solo aparece mediante insultos o agresiones evidentes, sino que a menudo se expresa de forma encubierta y normalizada. Comentarios disfrazados de humor, estereotipos sobre la orientación o la identidad de género y la falta de reacción ante conductas discriminatorias crean un entorno excluyente que empuja a muchas personas LGBTIQA* a ocultar quiénes son.

La repetición de burlas, ofensas o la indiferencia ante comportamientos excluyentes deteriora la salud mental, provocando estrés, inseguridad y aislamiento. Ante este clima, numerosas personas LGTBIQA+ optan por ocultar su identidad para evitar ser rechazadas. Como resultado, el deporte deja de ser un espacio de crecimiento y convivencia y se transforma en un entorno de tensión que afecta al rendimiento y a la continuidad en equipos y competiciones.

Además, esta realidad consolida estereotipos y normas rígidas de género, manteniendo desigualdades y limitando la diversidad. Así, no solo se daña a las personas afectadas, sino que también se debilita el valor social y educativo del propio deporte.

El último caso: Pascal Kaiser

Pascal Kaiser, árbitro alemán, vivió un momento muy especial: delante de miles de aficionados en un partido, se arrodilló para pedir matrimonio a su novio, un gesto que se volvió viral por su visibilidad y valentía.

Días después, tras recibir amenazas online, fue brutalmente agredido en su propia casa por varios atacantes, resultando herido físicamente.

Este suceso pone de manifiesto que, aunque la visibilidad LGBTIQA* tenga impacto y apoyo, aún persisten riesgos reales y discriminación en el deporte y en la sociedad.

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