Salud mental y diversidad LGBTIQA*: cuidar también es transformar el entorno
Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha que nos invita a hablar del bienestar emocional y psicológico, pero también de las condiciones sociales que pueden favorecerlo o dificultarlo.
Cuando hablamos de salud mental en las personas LGBTIQA*, es importante hacerlo desde una perspectiva que no coloque el problema en las propias identidades. Ser lesbiana, gay, bisexual, trans, intersex, queer, asexual o formar parte de cualquiera de las realidades recogidas bajo el paraguas LGBTIQA* no es un problema de salud mental.
Sin embargo, vivir en una sociedad donde todavía existen el estigma, la discriminación, el rechazo, la violencia y la invisibilización puede tener consecuencias importantes sobre el bienestar de las personas.
No es quién eres, importa lo que has tenido que vivir
Para muchas personas LGBTIQA*, determinadas situaciones forman parte de su experiencia cotidiana: tener que decidir constantemente cuándo y con quién compartir su orientación sexual o identidad de género; preguntarse cómo reaccionará su entorno; evitar determinadas muestras de afecto en público; enfrentarse a comentarios discriminatorios; experimentar rechazo familiar o laboral; o sentir miedo ante posibles situaciones de violencia.
Estas experiencias pueden generar un estado de alerta constante.
No siempre hablamos de grandes acontecimientos. A veces se trata de pequeñas decisiones que se repiten una y otra vez: pensar si es seguro coger de la mano a tu pareja, valorar si puedes hablar de tu vida personal en el trabajo o preguntarte cómo reaccionará alguien cuando conozca tu identidad.
La acumulación de estas experiencias también puede desgastar.
La investigación sobre salud mental en población LGBTIQA* señala que el estigma y la discriminación pueden contribuir a generar desigualdades en salud mental. No porque exista algo problemático en estas identidades, sino por el impacto que pueden tener las condiciones sociales en las que muchas personas desarrollan sus vidas.
La salud mental también está atravesada por la interseccionalidad
Hablar de salud mental desde la diversidad implica reconocer que no existe una única experiencia LGBTIQA*.
Nuestra orientación sexual, identidad o expresión de género no existen de manera aislada. Se relacionan con otros aspectos de nuestra vida y con nuestra posición dentro de la sociedad.
Aquí entra en juego la interseccionalidad: una perspectiva que nos ayuda a comprender cómo diferentes ejes de desigualdad y discriminación pueden cruzarse y generar experiencias particulares.
Una persona puede ser, por ejemplo, LGBTIQA* y migrante; LGBTIQA* y tener una discapacidad; LGBTIQA* y vivir en una situación de precariedad económica; LGBTIQA* y pertenecer a una minoría racializada; o ser una persona mayor LGBTIQA* con una red de apoyo reducida.
Estas realidades no tienen por qué producir automáticamente una peor salud mental, pero sí pueden implicar barreras adicionales, mayor exposición a determinadas formas de discriminación o mayores dificultades para acceder a recursos y redes de apoyo.
No todas las personas LGBTIQA* viven las mismas realidades
No es lo mismo vivir nuestra orientación sexual o identidad de género en un entorno familiar que nos acompaña que hacerlo después de experimentar rechazo.
No es lo mismo ser una persona trans con una red de apoyo sólida que enfrentarse, además, a precariedad económica, dificultades laborales o discriminación.
No es lo mismo ser una persona LGBTIQA* migrante que contar con una red afectiva y social estable.
No es lo mismo ser LGBTIQA* y tener una discapacidad cuando los espacios y servicios no están adaptados a nuestras necesidades.
Y tampoco es lo mismo envejecer siendo una persona LGBTIQA* contando con una red afectiva y comunitaria que hacerlo en una situación de aislamiento.
Las desigualdades pueden entrecruzarse y condicionar nuestras posibilidades de bienestar.
Por eso, hablar de salud mental desde una perspectiva LGBTIQA* requiere mirar más allá de la persona y observar también su entorno, sus circunstancias y los recursos de los que dispone.
El territorio también importa
La salud mental tampoco puede separarse del lugar en el que vivimos.
Las personas LGBTIQA* que viven en entornos rurales o alejados de determinados servicios pueden encontrarse con dificultades específicas: menor disponibilidad de recursos especializados, mayores distancias para acceder a determinados servicios, menor anonimato o sensación de aislamiento.
En algunos contextos, además, puede existir una mayor dificultad para encontrar espacios comunitarios seguros o conocer a otras personas con experiencias similares.
Esto no significa que vivir en un entorno rural sea necesariamente negativo para una persona LGBTIQA*, sino que el acceso a redes, servicios y espacios de apoyo puede estar condicionado por el territorio.
En Canarias, esta cuestión adquiere especial relevancia por nuestra propia realidad territorial: un archipiélago formado por islas con diferentes tamaños, densidades de población y niveles de acceso a determinados recursos.
Cuidar la salud mental también es garantizar derechos
Cuando hablamos de salud mental LGBTIQA*, no podemos limitar el debate a la responsabilidad individual.
Por supuesto, es importante disponer de herramientas para cuidar nuestro bienestar, construir redes de apoyo, pedir ayuda cuando la necesitamos y encontrar espacios donde podamos sentirnos acompañadas.
Pero también necesitamos preguntarnos qué condiciones estamos creando como sociedad para que las personas puedan cuidar su salud mental.
Porque no basta con decirle a una persona que cuide de sí misma si después tiene dificultades para acceder a atención psicológica, se encuentra con profesionales sin formación en diversidad, experimenta discriminación en los servicios sanitarios o carece de una red de apoyo.
Cuidar la salud mental también significa construir entornos donde las personas puedan vivir su identidad con seguridad, dignidad y libertad.
Significa contar con profesionales formados en diversidad LGBTIQA*, servicios accesibles, espacios seguros, redes comunitarias y políticas que combatan la discriminación.
Más allá del 10 de octubre
El Día Mundial de la Salud Mental es una oportunidad para visibilizar estas realidades, pero el cuidado de la salud mental no puede limitarse a una fecha concreta.
La salud mental es un derecho y una cuestión colectiva.
Por eso, cuando hablamos de bienestar de las personas LGBTIQA*, también hablamos de combatir el odio y la discriminación, garantizar el acceso a recursos, fortalecer nuestras redes comunitarias y construir espacios donde nadie tenga que esconder quién es para sentirse seguro.
Porque cuidar la salud mental no consiste únicamente en aprender a resistir aquello que nos hace daño.
También consiste en transformar aquello que lo provoca.
Que nuestra identidad no sea algo que tengamos que aprender a soportar.
Que podamos vivirla, expresarla y compartirla.
Con bienestar.
Con seguridad.
Con dignidad.
Este 10 de octubre, desde Diversas, reivindicamos una salud mental que tenga en cuenta todas nuestras realidades y que entienda que la diversidad también forma parte del bienestar.
Porque cuidar la mente también implica transformar el entorno.



