Para muchas personas LGBTIQA*, las celebraciones familiares no son descanso, son espacios de exposición constante en entornos que no siempre son seguros. La norma no escrita es clara:
hay que ir,
hay que estar,
hay que aguantar.
Aunque eso signifique sentarse a la mesa con quienes cuestionan, ridiculizan o invalidan quién eres. En esos espacios no hay conflicto abierto, hay comentarios “en broma”, preguntas que incomodan, silencios que pesan y miradas que recuerdan que no todo el mundo puede relajarse.
Vivir esa exposición de forma repetida no es anecdótico, genera alerta constante, agotamiento emocional,
culpa por poner límites y sensación de no pertenecer ni siquiera en lo que se supone que es “hogar” y es que cuando termina la celebración, el cuerpo no entiende de tradiciones, se queda con el cansancio, la tristeza,
la ansiedad y, muchas veces, con una depresión que se intensifica.
No todas las personas vuelven de las fiestas “recargadas”, algunas vuelven heridas. Hablar de salud mental LGBTIQA* también es cuestionar la obligación de estar donde duele.



